“Sentía que, al haberme ausentado un instante de la ciudad, me había perdido algo irrecuperable, que no tenía precio. Sentía que nada había cambiado un ápice y, sin embargo, estaba en continuo cambio, cambiaba furiosamente ante mis ojos, cada segundo. Me parecía mas extraño que un sueño y mas familiar que la cara de mi madre. No podía creer en ello, pero tampoco podía creer en ninguna otra cosa que hubiera en la faz de la tierra. Lo odiaba, me encantaba, me encontraba al minuto engullido y superado por ello y, con todo, estaba convencido de ser yo el que podía beberlo y devorarlo todo, empaparme de ello. Me invadían un gozo y un dolor insoportables, un sentimiento de triunfo y tristeza que no lograba describir y la seguridad de que yo nunca podría poseer  ni conservar ni siquiera un puñado de ese polvo.”

   Thomas Wolfe

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