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Dos visiones del arte

17/10/2017

               En una de sus columnas del suplemento El Cultural, el escritor español Eloy Tizón afirma, a modo de introducción para hablar de un asunto en concreto: “Plantear preguntas incómodas debería ser una de las prioridades del arte. Zarandear nuestras creencias y rutinas. Perturbar. El arte no simplifica el mundo sino que lo complica más aún”.

 

              No dejan de ser ciertas estas palabras, puesto que la verdadera manifestación artística surge de un deseo de búsqueda que trata de explicar nuestras mas sencillas inquietudes o el constante misterio de la vida. El artista, es decir, el que busca, debe utilizar todos los recursos a su alcance y actuar con valentía. Debe, efectivamente, zarandear todo aquello conocido para encontrar algo, una teoría, un atisbo de respuesta que nos mueva a avanzar. De esta manera no se mostrará dubitativo a la hora de exponer sus planteamientos por muy duros que puedan parecer. Casi podríamos afirmar que el alcance de sus objetivos pasaría en este caso a un segundo plano, pues es la coherencia del método la que da sentido a su búsqueda. Las diferentes artes ejecutarán, cada cual con sus armas, los mecanismos de este proceso.

 

 

                  Sin embargo, el ser humano no es capaz de vivir en constante incertidumbre. Sería difícil resistir una existencia en la que no gozásemos de momentos de retiro y descanso intelectual, pues sin duda las personas portamos esta necesidad para desarrollarnos como seres que poseen raciocinio. Ahora bien, esta quietud puede buscarse de manera productiva, acorde a un estado en el cual uno se repliega con el fin de observar atentamente desde fuera y evitar esa lucha que absorbe gran cantidad de energía. De manera paralela, el artista maduro sabrá mantenerse en ese borde, consciente de que existe otra parcela de la vida en la que se produce la batalla. Es el artista que trabaja callado, sabedor de la ventaja que el oficio plástico encierra puesto que los materiales de los que se sirve son sensibles de ser modificados por su mano, y esta capacidad táctil se hace capital en la transición de sus necesidades: cuanta  mayor riqueza expresiva mas determinante en el resultado final de la obra. Una materia que se exprese por si misma, que apele al juicio crítico del observador, que se modifique incluso con el paso del tiempo. Es esta actitud silenciosa ajena al espíritu inflamado de protesta y lucha, de tumulto social y enfrentamiento político, la que representa ese estado de renuncia que no desea desasosiegos incómodos, sino el acto seguro del oficio aprendido, fiel a un pálpito interior que se alimenta de razón e intuición, de academia centenaria y descarnada contemporaneidad, de derrotas conocidas e ilusiones eternas.

 

           Quizás, esta decisión conlleve ciertas pérdidas, pero si el trabajo logra recoger con sinceridad esa vibración íntima, entonces la representación formal nunca se apagará, fiel a la evidencia o a la expresión escueta de un pensamiento, anterior o presente. Se habrá creado un puente con el espectador, y si éste posee capacidad de observación y un espíritu introspectivo podrá cruzarlo para llegar al lugar donde el arte vive.

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