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  Fernando Babío. La Coruña 1953. 

   Desde sus comienzos, la obra de Fernando Babío ha llamado la atención de la crítica por la corrección de su dibujo y la fidelidad a un concepto formal o clásico de la pintura que nunca ha abandonado. Su afán por trasladar al lienzo la pura esencia de la naturaleza es un ejercicio que tiene mucho de sensatez, pues Babío respeta profundamente el paisaje y sabe que la empresa de representarlo será siempre una lucha denodada en la que el pintor está a merced del cambiante paso del día, de la luz que se mueve y, sobre todo, de su estado de ánimo. No es de extrañar que una cierta sensación de ensoñamiento y  melancolía se haga presente en sus cuadros. Refleja  sin duda la intención del autor por apuntar un estado más elevado, pues al ya noble hecho de pintar del natural se une un implícito deseo de trascendencia presente en todos sus trabajos.

 

   De visión austera opta por una paleta valiente de grises matizados y elegantes, de veladuras insistentes hasta el final y de gesto contenido, tratando de no dejar escapar el instante fugaz. Llama la atención la presencia de una arquitectura silenciosa, de línea escueta, que obliga al espectador a recordar un pasado en el que se  mantuvo una respetable armonía con el paisaje, ahora ya casi perdido.

 

   Su paso silencioso, su comportamiento reservado reflejan una forma de ser acorde con su obra, y muestran a un artista retirado, apartado de actividades expositivas y refugiado en sus rías más cercanas de La Coruña, Sada, Betanzos o Miño. En los últimos tiempos lo hemos visto en la VII edición de los premios de pintura Angel, en los que recibió Mención de Honor por una evocada vista de Sada, trabajo que ejemplifica este proceso de interiorización que otorga a la pintura de Fernando Babío el eterno halo poético que el arte conlleva para el bien del hombre.